¿Revolución o cambio de yugo?
La Alianza de Estados del Sahel (AES) es una organización regional formada en 2023 por Malí, Burkina Faso y Níger, tres países de África Occidental.
Querido lector,
La Alianza de Estados del Sahel (AES) es una organización regional formada en 2023 por Malí, Burkina Faso y Níger, tres países de África Occidental que comparten desafíos críticos como el yihadismo, el narcotráfico y la inestabilidad política. Este pacto defensivo se consolidó el 16 de septiembre de ese año, bajo el liderazgo de juntas militares que asumieron el poder tras una ola de golpes de Estado en la región. Lejos de limitarse a una cooperación en materia de defensa, la AES representa una ruptura con el modelo tradicional de influencia occidental en África, marcando el inicio de una nueva etapa en las relaciones internacionales del continente.
La creación de la AES es también una respuesta directa al fracaso de iniciativas previas, como el G5 Sahel, que contaban con el respaldo de Francia y otros países occidentales. El G5, que incluía a Mauritania, Chad, Malí, Burkina Faso y Níger, se mostró incapaz de abordar de manera efectiva las amenazas a la seguridad y el desarrollo regional. En contraste, la AES apuesta por un modelo de cooperación que prioriza la soberanía y los intereses compartidos de sus miembros, quienes enfrentan realidades geográficas, políticas y socioculturales similares. Este enfoque busca garantizar una respuesta más ágil y efectiva a las problemáticas locales, sin la intervención directa de antiguos colonizadores.
Un elemento clave en la narrativa de la AES es su rechazo explícito al "neocolonialismo", una crítica dirigida especialmente a Francia, cuyo intervencionismo militar en el Sahel ha sido ampliamente cuestionado. Las operaciones francesas, como Serval y Barkhane, así como la misión de la ONU MINUSMA, no lograron estabilizar la región ni erradicar el terrorismo, generando descontento entre las poblaciones locales. Este desencanto ha llevado a los países de la AES a buscar nuevas alianzas estratégicas, particularmente con Rusia, que se ha presentado como un socio dispuesto a apoyar sus necesidades en seguridad y defensa.
Rusia, a través de acuerdos bilaterales y la presencia de actores como el Grupo Wagner -renombrado como Afrika Korps-, ha reforzado su influencia en África, aprovechando el vacío dejado por las potencias occidentales. Este giro geopolítico hacia un socio no tradicional subraya el deseo de los países de la AES de diversificar sus relaciones internacionales y avanzar hacia un modelo multipolar. Más allá del ámbito militar, esta reconfiguración también refleja un cambio en las dinámicas de poder global, donde África busca desempeñar un rol más activo y autónomo en la escena internacional.
Además de su dimensión geopolítica, la AES enfrenta retos internos significativos. Los tres países que la conforman se encuentran entre los más afectados por el cambio climático, con temperaturas que superan los 1,5 grados por encima del promedio global, lo que agrava la crisis humanitaria en la región. A esto se suman problemas de gobernanza, economías debilitadas y un creciente desplazamiento interno y externo de población, lo que pone a prueba la capacidad de la alianza para cumplir con sus objetivos de seguridad y desarrollo sostenible.
En este contexto, la Alianza de Estados del Sahel no solo redefine las dinámicas de poder en África Occidental, sino que también plantea preguntas más amplias sobre el futuro de la región y su relación con el resto del mundo. ¿Podrá esta alianza resistir las presiones externas y construir una estabilidad duradera? ¿Qué impacto tendrá en el equilibrio de poder global y en la lucha contra el terrorismo? La AES, con su ambición de liderar un cambio de época, se presenta como un eslabón clave en la búsqueda de un continente africano más soberano y menos dependiente de las potencias tradicionales.
Con Omer Freixa, historiador africanista e investigador de dos de las mejores universidades de Argentina (UBA y UNTREF), nos propusimos responder algunas de estas preguntas.
-¿Cómo influye la Alianza de Estados del Sahel en la redefinición del poder en África Occidental, especialmente después del declive del G5 Sahel?
-Es un golpe muy duro para Francia. De todas formas, la retirada, el repliegue, y la cooperación técnica y militar fueron algo previamente acordado. No fue una decisión repentina de estas juntas de expulsar a Francia, sino que esto ya se venía dialogando y negociando. Algo que debe cambiar de fondo para que este proceso sea realmente disruptivo es el vínculo económico. La moneda debe dejar de ser el franco CFA, convirtiéndose en el mejor acto de soberanía.
Se plantea una lógica de soberanismo, de asumir la responsabilidad y gestionar los propios temas, desarrollando una agenda africana definida y resuelta por los africanos. Para que esto suceda, el golpe decisivo a la influencia francesa tiene que ser el cambio de la unidad monetaria. Aunque la retirada francesa es un hecho significativo, ese vacío está siendo llenado, en cierta medida, por Rusia, y Estados Unidos también está involucrado en este proceso de repliegue.
-No necesariamente se trata de un movimiento completamente antioccidental.
-No, pero sí refleja una marcada retórica antifrancesa. Para que esa retórica antifrancesa evolucione hacia una ideología panafricanista, revolucionaria y antiimperialista, es crucial avanzar en aspectos más profundos. Romper completamente con el vínculo que representa el franco CFA es un paso fundamental para alcanzar esa soberanía económica y política.
La retirada de la cooperación militar y técnica representa avances importantes. Por ejemplo, se ha anunciado que Francia tiene hasta el 31 de enero para completar el retiro total de su presencia militar en Chad. Este proceso fue anunciado previamente, el 28 de noviembre, y se ha estado implementando de manera
gradual.
-¿Qué implicaciones tiene este viraje de estos tres países que integran la alianza hacia Rusia en términos de estabilidad regional o autonomía frente a otras potencias?
-Es un giro de 180 grados en torno a África como botón de muestra, como ejemplo de un cuadro de reversión estratégica. Francia está debilitada, y ese hueco lo están llenando potencias que en África no son tradicionales, que no tuvieron el pasado previo de opresión del colonialismo como Francia principalmente. También es una suma, una apuesta al BRICS y a toda esta doctrina, a todo este planteo antioccidental, aunque más que nada apuntando a ser anti-Francia.
El año pasado ya habían ingresado dos socios muy importantes al BRICS, que son Etiopía y Egipto. Ahí también se redefine el mapa global en torno a las alianzas, y África es un tambo más de todo este rediseño. De todas formas, hay que puntualizar que no todo es un ajuste de cuentas entre potencias; también incide la agenda local, doméstica.
-Pero esto no es definitivo.
-Ibrahim Traoré (presidente de Burkina Faso) habla de soberanía, de cortar relaciones con Occidente porque nos exprimió, Francia principalmente. Pero por otro lado, también toman deuda. No es que se cortó el colonialismo de una forma e impera de otra forma. Por eso, abolir la moneda, cambiarla por el ECO o cualquier alternativa, que es un proyecto que se habló hace tiempo, es clave. Además, las fuentes de financiamiento no deberían ser Occidente, no deberían ser el FMI o el Banco Mundial, etcétera. Hay un viraje geoestratégico en el cual Rusia se está asomando. Son importantes los avances que ha logrado a partir de estos intentos y estas juntas militares que llegaron en cadena desde el año 2020.
-¿Cómo se puede definir la participación del Grupo Wagner en esta región?
-El Grupo Wagner, que ahora se ha redefinido en lo que se conoce como Afrika Korps, tras la muerte o el presunto asesinato, según como se quiera ver, de Prigozhin en 2023, es un poco el caballito de batalla de la penetración rusa y de la influencia militar y de negocios rusos.
De todas formas, al margen de los paramilitares y de Wagner o Afrika Korps, o como se los quiera llamar, el principal armador hoy en día, el principal vendedor de armamento a los países africanos, es Rusia. Eso es un dato fundamental. Rusia ha hecho muy buenos vínculos con Argelia. De hecho, ahora está de visita el presidente de la República Centroafricana, que fue el primer país en entrar en la órbita de injerencia rusa, en Moscú, en el Kremlin, esta
semana.

-Entonces, para resumir…
-Wagner y Afrika Korps son herramientas, no precisamente de soft power, ruso en África. Después tienen sus otras herramientas, más amables. Sin embargo, la prensa ha cubierto mal este tema, porque Wagner ha sido acusada de cometer delitos de lesa humanidad en Mali y Burkina Faso.
De hecho, el año pasado entró en conflicto con tropas ucranianas. Esto también inició la ruptura de relaciones de Burkina Faso y Mali con Ucrania, porque Ucrania fue acusada de respaldar al terrorismo internacional al haber intervenido drones ucranianos en una operación militar que eliminó tropas de Wagner, que estaban en alianza con militares malienses. Eso fue a mediados del año pasado y generó mucho revuelo en la región.
Justamente, este episodio afianzó los malos vínculos entre Rusia y estas juntas. Es interesante cómo se observa un desplazamiento del terreno de batalla europeo, si tomamos a Ucrania, que está próxima a cumplir tres años de conflicto (sin contar desde 2014 con Crimea), hacia la geografía africana, en este caso saheliana.
-¿Qué impacto puede llegar a tener en la lucha contra el yihadismo? ¿Puede llegar a ser más efectivo que otras iniciativas como la misión de la ONU “MINUSMA” o el propio G5?
-Uno de los argumentos de toda esta cadena de golpes de Estado que barrieron todos estos países de la órbita todavía francesa era que los gobiernos civiles democráticamente electos no hacen nada contra el yihadismo, no mejoran las condiciones, y se rompe el G5 que mencionaste. La garantía sería que estos nuevos gobiernos soberanos, juntas militares, panafricanistas, etc., hagan las cosas mejor. Hasta el momento, no se verían esos resultados y, de hecho, el peor triángulo del yihadismo, el peor escenario global, es ahí: el triángulo de Burkina, Mali y Níger.
-¿Por qué en estos tres países no se pudo consolidar todavía una democracia liberal como la conocemos de este lado del mundo? Como sí, por ejemplo, sucedió en Senegal, que es un país colindante con esta Alianza.
-Senegal, por lo pronto, no pasó por un golpe de Estado, o sea, hubo un intento, pero no tuvo golpe de Estado. Mali, Burkina, Guinea y Níger sí, y también, aduciendo varias cuestiones y argumentos, incluso técnicos, estas juntas retrasaron el llamado a elecciones democráticas. Ahí también se combina el hecho de que la democracia occidental está afectada. El modelo de democracia occidental huele a Francia, huele al enemigo. Creo que también hay un descrédito porque hay un evidente y visible cansancio de la población civil hacia gobiernos previamente establecidos, que eran democráticos, pero que no lograban los resultados. Esto es como una nueva experimentación para ver si efectivamente algo cambia. Las presiones son occidentales, de Francia, de la comunidad internacional, para el retorno a la democracia, pero al momento no ocurre, porque casi todas las juntas han prorrogado posibles llamados a elecciones democráticas.
-¿Existe en esta región un nuevo orden multipolar o se trata de un cambio de yugo desde Francia hacia Rusia?
-Hay una retórica de la liberación, pero eso no te lo puedo responder. Es algo que tiene que ver a futuro, es un proceso que recién arranca, que lleva cinco años. Yo lo evidencio desde el arranque, con los primeros golpes de Estado: el primero fue en Mali, en agosto de 2020, después un segundo, y luego Burkina y Níger.
Esto es una discusión porque, claro, lo que los analistas dicen es que la irrupción de Rusia, en desmedro o aprovechando el hueco de alguna forma dejado por Francia, estaría evidenciando un cambio de correa, un cambio de yugo en la política. Sobre todo, el más enfático, que vos nombraste, es Traoré, de Burkina Faso. Lo presentan como disruptivo, más allá de los vínculos con Rusia.
Para mí, al menos, a grandes rasgos, vuelvo al principio: para eso tendrían que cortar con el Franco CFA y hacer otros ajustes más de la economía. Al momento, van a ser cinco años y ninguno avanzó en pos de eso. La moneda sigue siendo francesa y Francia no se retiró del todo.
-¿Se puede trazar una línea ideológica entre Ibrahim Traoré y Thomas Sankara? Recordando que Sankara fue el presidente del país cuando aún se llama a Alto Volta y que, a partir de su asunción, hubo un movimiento nacionalista que hasta logró renombrar a su país con un nombre nativo y no uno impuesto por los colonizadores.
-Hay que deslindar la retórica de la praxis. Desde el discurso, todo suena bien: “pedí a Francia que se vaya, expulsé la presidencia francesa, militar, etc”. Pero, por otro lado, realmente no ha habido medidas progresistas. En Malí, Burkina, no hay libertad de prensa. Hay varios temas ahí que no hacen pensar en un futuro positivo.
A mí, la comparación con Sankara me hace ruido. No termino de coincidir en el sentido de que Traoré pueda ser el joven o el nuevo Sankara. Me parece que esto también es una pompa discursiva que sirve para la propaganda política.
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Esta semana, en el portal de Ornitorrinco, vas a encontrar una crónica que aborda las problemáticas de aquellas mujeres que crían sin corresponsabilidad paterna y sin acompañamiento ni del Estado ni de la Justicia, s reclamos por régimen de alimentos.
¡Feliz domingo!
Cam





